«Cubre la partitura».

Nakyeong se lo dice al suelo, no a mí; el mástil del chelo corta la luz y parte su rostro entre sombra y ámbar.

Han pasado diez minutos desde el saludo. El aplauso se deshizo arriba, fila a fila, entre abrigos y puertas. Ahora solo quedan pasos cada vez más débiles.

Aún no hemos subido.

El foso sigue caliente. El calor de los músicos empapó el terciopelo; la resina se pega a mi nariz y cada respiración devuelve polvo, madera y cuerdas trabajadas.

Las demás sillas están vacías. Atriles plegados, luces apagadas, chaquetas camino de la rampa. El estuche de la trompa desapareció antes del saludo: su marido ya está en casa.

Una luz pinta de amarillo la escalera: salida, ruta de recogida, coche y cama. Podría recorrerla en once minutos.

Nakyeong aún sostiene el chelo. Mi violín espera abierto a mis pies y no me acerco.

La pica está clavada en el suelo. Ella inclina el instrumento y tira; el vestido negro se aferra al terciopelo. No miro, y miro.

Sus callos capturan la luz. Es la mano de una chelista que ha hecho hablar las mismas cuatro cuerdas durante más tiempo que su matrimonio.

Asientos invisibles

Nadie ve el foso. El público mira el escenario, el escenario al director y el director a nosotros cuando recuerda que existimos. Aprendes a ser oído sin ser mirado.

Nakyeong y yo pasamos la función a tres metros: una boda, un asesinato y un dúo que ella nunca deja acelerar. Esa cercanía de sección no se parece a ninguna otra; solo ella distingue mi respiración dentro de la orquesta.

Su marido se sentó durante años a dos sillas de distancia. Lo oyó todo y no escuchó nada.

La partitura abierta

—La partitura sigue abierta —dice, señalando el atril—. Si la cubres, termina la función; si no, técnicamente seguimos tocando.

Arriba ya no hay pasos ni vestíbulo. La luz amarilla zumba: once minutos hasta la normalidad, hacia donde se fue el estuche y donde un matrimonio continúa en otra habitación.

Lo calculo en la única moneda que conoce un músico de foso: un compás para cruzar, otro para sacar el paño y otro para cubrir la partitura. Después, todo queda sin escribir.

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Amarillo en la escalera

Subirla termina la noche como cualquier otra: limpiar resina, aflojar cuerdas, cerrar estuches. Nakyeong volverá a casa, y la pica saldrá del suelo tarde o temprano.

Conozco la ruta de memoria: arco, cuerpo del violín, cierre y correa. Los peldaños siguen fríos aunque el foso sea un horno, como una mano que guía hacia fuera.

Lo que queda abajo

O no subo. Me quedo donde el calor no puede escapar y la única luz nos pinta del mismo oro. Ella mira la escalera, no el chelo; el arco cuelga de su mano como una pregunta contestada.

El foso guarda el sonido como la sala guarda la luz. Cada nota sigue en las paredes, y quedarse es habitar toda la acústica de la noche.

En , todas las noches terminan ante esta escalera. Nadie nombra lo que ocurre si la partitura permanece abierta; siguen tocando, más bajo, hasta que solo queda esta sala iluminada.


La pica resiste. El vestido conserva su línea contra el terciopelo y la partitura espera entre ambos como un documento sin firmar.

Ella extrae una primera nota de nada: un tono oscuro que llena la sala vacía y se extingue lentamente antes de que levante la mirada.

—Cubre la partitura —repite, más suave; esta vez no se lo dice al suelo. esta historia